Visitante numero...

martes, 23 de octubre de 2012

Puntos suspensivos.

...Corriendo sin ton ni son por un bosque lleno de árboles. Escondiéndome tras ellos. El sol se cuela entre los troncos. A veces, despego la corteza de algunos troncos y cae al suelo. Insectos arremolinados alrededor de la savia dulce... Una voz lejana... Me llama... Nos vamos.



Quizás mi padre no me ha abrazado nunca, pero me ha enseñado muchas cosas.
Hoy no voy a hablar de sus libros, de su música o de sus charlas. Tampoco de las veces que me llevaba a los bosques a recoger bellotas o a las montañas. A pueblecitos rodeados donde el frío te quemaba la cara y podías respirar. Calles empedradas. Olor a castañas... Ahora me resulta tan lejano...


Fui consciente de que iba a morir a los 6 ó 7 años. No lo recuerdo con exactitud.
Él hacía viajes al hospital cada vez que tenía un disgusto. Nos llamaban por teléfono y salíamos corriendo al primer coche que quisiera llevarnos a verle. Camillas. Gente de blanco. Lloriqueos de susto y alegrías de que no pasara nada.
"Le dolía el corazón", decía yo, que era pequeña. No sabía que años después yo tendría ese mismo dolor.
Pero siempre sale, nada puede con él.

Volvió a golpearme la sombra de la muerte cuando tenía 15 años. Mi madre y su guerra personal contra la gran C que tanto nos atormenta. Y también pasó por debajo de su camilla, sin llegar a tocarla. Casi la sentí rozarme las espaldas cuando me asomaba a la ventana del hospital, con la vista puesta en las escaleras de emergencia.

A mí, la parca me ha dado la mano varias veces, queriendo hacer un trato. "La desaparición de tu dolor, a cambio de tu vida". Miles de veces mirándola a los ojos. En el fondo de mis mayores abismos. Creo que en todos mis momentos de abandono y desesperación viene a asomarse a mi mente, como si estuviera esperándome. Nunca la he dejado pasar. Al menos, no del todo. Puedo decir que me ha besado en los labios.

Cierro los ojos y a veces, es como si me meciera el viento... queriendo llevarme con ella.
Pero nunca le doy la mano. 




... Desde los 6 a los 17 años, cada vez que iba a casa de mi padre, me asomaba a su despacho. A veces se dormía en el sillón del escritorio, con la cabeza hacia atrás, en silencio. Me quedaba allí asomada largo rato, intentando convencerme y cerciorarme siempre de lo mismo...


Si su pecho se movía, había pasado un día más.
Todavía no.





Late. Sin compás, pero late.




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